En mi rol de docente y de estudiante, surgen muchas interrogantes respecto a los aspectos éticos del uso de la IA. Entendiendo que debemos capacitarnos para guiar su uso, creo fundamental vivir el proceso de “ser alumno” y ponernos a prueba respecto de cómo la usaríamos. Durante estos últimos años me he ido capacitando en lo que refiere al uso de Tecnología aplicada a la Educación. Mis primeros trabajos siempre fueron realizados de manera tradicional, a través de la investigación, consulta bibliográfica, lectura, visualización de videos y material de apoyo. Todo ello debía ser sintetizado en mi mente para poder generar un ensayo, realizar un estudio de casos, un análisis o desarrollar algún proyecto. Todos sabemos que este es un proceso que requiere de mucho tiempo y dedicación.
Antes de comenzar el Diplomado de Herramientas TIC e Inteligencia Artificial para el Aprendizaje en el en el Aula (UNAB), tuve un acercamiento a la IA, pero nunca la había utilizado para ayudarme en la investigación y como apoyo en el ordenamiento de ideas y afinamiento de redacción. La verdad es que fui bastante tímida, cuestionándome si hacer uso de ella me llevaría a un acto de falta de probidad. Con el paso de estos meses, me fui aventurando y ha sido un proceso fascinante. En general, mi interacción con los modelos de lenguaje ha sido de apoyo a mi trabajo, con la convicción de no perder mi sello personal. Lo uso como un tutor y los resultados son fantásticos, en la medida que me sugiere, me cuestiona y desafía.
En las últimas entregas, por curiosidad pasé mis trabajos del diplomado por un detector de IA y mi sorpresa fue abrumadora: 93% de intervención de la IA, lo cual considero cuestionable. Sólo la utilicé como ayuda en la revisión de la redacción final y en algunas sugerencias de ideas, pero la IA atribuye su intervención en casi la totalidad de mi trabajo.
Aquí viene la pregunta… ¿fue ético servirme de su ayuda? La verdad es que
me frustré. A pesar de su uso, cada
entrega llevó muchas horas de investigación, planteamientos personales y
ordenamiento de ideas, debatir con la IA, para finalmente decidir por mi cuenta
qué incluir, qué eliminar, etc.
Para los Educadores es un desafío, para los estudiantes también, pues
pueden ser acusados de plagiadores. Creo importante sumar a todos los
cuestionamientos presentes (sesgos, información falsa, problemas de privacidad,
falta de verdadera de probidad) esta realidad. ¿Seremos capaces de controlar y
determinar si el USO de la IA ha sido planteado éticamente? Creo que no, más
considerando que ya existen “humanizadores de IA” cuyo fin es pasar un filtro
para que no sea detectado como un producto hecho por ella. Sólo queda la
obligación de educar, incluir la enseñanza de la ética en su uso y cambiar la
forma de evaluar, si no nos veremos en una disyuntiva muy problemática al
determinar si su uso ha sido ético o no.
Creo que nosotros, las generaciones mayores somos afortunados ya que crecimos entre libros y enciclopedias, casi todos somos ávidos lectores, a diferencia de los actuales estudiantes que suelen tener dificultad para concentrarse y leer. Si la IA les puede hacer el trabajo fácil…crearemos una generación con serios problemas en el desarrollo de habilidades cognitivas superiores.
Alguna vez leí que lo importante primero enseñar a nadar, para luego conducir un
bote. El uso de la IA debe ser regulado por las instituciones educativas y
mediado por los docentes, a través de la integración gradual a las aulas,
considerando el nivel madurativo de los estudiantes. Las metodologías de
aprendizaje deben ser bien pensadas con el fin de invitar al proceso reflexivo,
evaluativo y creativo.
Guardar la IA en un baúl es una utopía, llegó para quedarse y debemos
aprender a vivir con ella.
Dejo a ustedes un interesante artículo respecto al primer punto planteado y
que hace alusión al problema ético planteado.
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